martes, 2 de octubre de 2012

"TLATELOLCO 68" Jaime Sabines



1

Nadie sabe el número exacto de los muertos,

ni siquiera los asesinos,

ni siquiera el criminal.

Ciertamente ya llegó a la historia

este hombre pequeño por todas partes,

incapaz de todo menos del rencor.

 

Tlatelolco será mencionado en los años que vienen

como ho hablamos de Rio Blanco y Cananea,

pero esto fue peor,

aquí han matado al pueblo:

no eran obreros parapetados en la huelga,

eran mujeres y niños, estudiantes,

jovencitos de quince años,

una muchacha que iba al cine,

una criatura en el vientre de su madre,

todos barridos, certeramente acribillados

por la metralla del Orden y la Justicia Social.

 

A los tres días, el ejército era la víctima de los desalmados,

y el pueblo se aprestaba jubiloso

a celebrar las Olimpiadas, que darían gloria a México.

 

2

El crimen está allí,

cubierto de hojas de periódicos,

con televisores, con radios, con banderas olímpicas.

 

El aire denso, inmóvil,

el terrror, la ignominia.

Alrededor las voces, el tránsito, la vida.

Y el crimen está allí.

 

3

Habría que lavar no sólo el piso: la memoria.

Habría que quitarles los ojos a los que vimos,

asesinar tambien a los deudos,

que nadie llore, que no hayamas testigos.

Pero la sangre echa raíces

y crece como un árbol en el tiempo.

La sangre en el cemento, en las paredes,

en una enredadera: nos salpica,

nos moja de verguenza, de verguenza, de verguenza.

 

Las bocas de los muertos nos escupen

una perpetua sangre quieta.

 

4

Confiaremos en la mala memoria de la gente,

ordenaremos los restos,

perdonaremos a los sobrevivientes,

daremos libertad a los encarcelados,

seremos generosos, magnánimos y prudentes.

 

Nos han metido las ideas exóticas como una lavativa.

pero instauramos la paz,

consolidamos las instituciones;

los comericantes están con nosotros,

los banqueros, los políticos auténticamente mexicanos,

los colegios particulares,

las personas respetables.

 

Hemos destruido la conjura,

aumentamos nuestro poder;

ya no nos caeremos de la cama

porque tendremos dulces sueños.

 

Tenemos Secretarios de Estado capaces

de transformar la mierda en esencias aromáticas,

diputados y senadores alquimistas,

líderes inefables, chulísimos,

un tropel de putos espirituales

enarbolando nuestra bandera gallardamente.

 

Aquí no ha pasado nada.

Comienza nuestro reino.

 

5

En las planchas de la Delegación están los cadáveres.

Semidesnudos, fríos,agujereados,

algunos con el rostro de un muerto.

Afuera la gente se amontona, se impacienta,

espera no encontrar el suyo:

"Vaya usted a buscar a otra parte."

 

6

La juventud es el tema

dentro de la Revolución.

El Gobierno apadrina a los héroes.

El peso mexicano está firme

y el desarrollo del pais es ascendente.

Siguen las tiras cómicas y los bandidos en la televisión.

Hemos demostrado al mundo que somos capaces,

respetuosos, hospitalarios, sensibles,

( ¡ Qué Olimpiada maravillosa ! )

y ahora vamos a seguir con el Metro

porque el progreso no puede detenerse.

 

Las mujeres, de rosa,

los hombres, de azul cielo,

desfilan los mexicanos en la unidad gloriosa

que construye la patria de nuestros sueños.

lunes, 4 de junio de 2012

Sueños Despabilados ©



“Se puede dejar de dormir, pero nunca se debe dejar de soñar…”. Esta premisa la he empleado la mitad de mi vida como un aliciente para siempre esperar algo mejor de los momentos que se atraviesan en mi camino y ha sido mi gran método de entretenimiento para los momentos ahorcados del día y  noches de desvelo. Sinceramente no recuerdo si aquella añeja frase es propia. La verdad es que puedo dudar que lo sea, ya que a los 16 años lo único que se me ocurría eran excelentes escusas; pero tampoco recuerdo al supuesto autor intelectual de la misma. El punto es que la tengo gravada en la mente como el más vistoso de los tatuajes.

Ahora no lo sé tanto, pero los que se aproximan a mi generación recordarán que el juguete favorito de los niños era la mente, y aunque la sociedad y el sistema educativo a veces se empeñan en que lo olvidemos, algunos adultos de este nuevo siglo seguimos utilizando a la imaginación como un aparato de entretenimiento. Y es que si soñar dormido a veces es estupendo, soñar despierto es inigualable.
Por lo general no recuerdo lo que soñé la noche anterior a despertar, y es un poco frustrante porque suelo tener sueños bastante amenos. La música, los libros, las aventuras y desventuras citadinas son frecuentes en mi vida desde pequeño y creo que por lo mismo el material de mis guiones oníricos es bastante rico, de ahí que el no recordarlos sea una lástima. Tal vez por esa razón es que suelo soñar tanto cuando estoy despierto —cosa que es muy entretenida para mí, pero en ocasiones, es un inconveniente para los demás— pero el resultado, por lo general, es benéfico para todas las partes.
Uno de mis momentos favoritos para soñar despierto es cuando voy caminando por la calle: el ir admirado el panorama y el ver a la gente transitar me brinda suficiente material para desarrollar una historia absurda en segundos, en donde el personaje principal siempre es un servidor, y está por demás decir que mi participación en el sueño despabilado es épica. La ilusión en algunas ocasiones termina siendo una gringada, pero de esas que son algo divertidas. Algunas otras veces suelen convertirse en “churros” bastante exagerados, pero casi todos los trayectos suelen trascender como sagas exitosísimas. El problema es cuando no sueñas que vas poniendo atención en el asfalto y sufres dolorosos tropezones o caídas humillantes que se quedan grabadas entre las burlas de los desconocidos que deambulan bien despiertos.
Cuando se era pequeño, el imaginar hasta lo inimaginable era el juego preferido en cualquier momento del día y el crear historias extraordinarias a partir de lo cotidiano era de lo más alegre para los mozalbetes de la insipiente década de los ochentas, en donde los videojuegos modernos comenzaban a aparecer, pero sin irrumpir en el proceso imaginativo. Recuerdo que en aquel tiempo existían juguetes y artefactos increíbles, que ningún niño descendiente del balero no se hubiera quedado embelesado; pero aunque era todo un reto dejar los controles en la mesa, el jugar al aire libre con la imaginación de comparsa era la actividad preferida. Ahora creo que esos tantos momentos de vago me aprovisionaron de lo suficiente para hoy seguir soñando despierto. Por cierto: es una lástima que los niños ya no anden por ahí de vagos, y es que es muy importante haberlo sido para lograr ser un paseante de la vida…
Yo era de esos niños que se distraían fácilmente en el salón de clases o en momentos en que tenía que estar atento —cosa que en un cuarto de siglo no ha cambiado mucho­— pero no como cualquier otro chamaco de esa cándida edad. Hoy creo que aquellos momentos en que fantaseaba con los ojos bien abiertos fueron de gran ayuda para que mi infancia fuera tan feliz y las llamadas distracciones no eran más que intentos por visitar un lugar en donde el tedio no era posible y en donde la tristeza era prohibida por decreto. …
En la etapa adulta, es más difícil imaginar lo inimaginable porque muchas cosas con las que soñábamos están al alcance de la mano; pero aunque por doquier hay imágenes maravillosas —y hasta en 3D— nunca he visto alguna como las que se forman en mi cabeza cuando percibo el aroma del café. Jamás he disfrutado en la pantalla grande alguna visión como las que me regala la ociosidad o similares a las que aparecen cuando estoy frente a una hoja en blanco; y aunque existan avances tecnológicos en donde la definición es más clara que la del ojo humano, nada se compara con las cosas absurdas que visualizo mientras alguien me está sermoneando.
Aunque mucha gente asegure que no se puede vivir de sueños, la imaginación nos surte de miles de argumentos para rebatirles tal afirmación. Desafortunadamente las actividades diarias y las responsabilidades de la etapa adulta a veces interrumpen ese maravilloso proceso de soñar despierto, pero si cotidianamente hiciéramos un ejercicio de recordar la manera en que veíamos los problemas y el aburrimiento cuando éramos niños, los días serían más llevaderos. Algunos exageramos en el tiempo de imaginar, pero si encontráramos el punto exacto entre la seriedad de las responsabilidades y lo magnífico que es creérnosla, nuestro mundo sería un mejor lugar para soñar.
El que deja de soñar de alguna manera deja de vivir la vida. Me es muy difícil entender una existencia sin sueños, y es que si dormir es muy importante, soñar es imprescindible. Una vida sin sueños es aburrida por principio, un momento del día sin soñar es como dar por hecho que la realidad es inamovible y eso es tan soporífero como tocar una guitarra sin cuerdas…
Sueñen que nada cuesta, imaginen a cada momento y la felicidad será la mejor de las visiones, y si bien no es bueno escapar de la realidad, si lo es el tomarse unas vacaciones de vez en cuando…

 Alex VC

http://elcallejondelaguacate.blogspot.mx/



jueves, 8 de marzo de 2012

Mi Cumpleaños (La Friolera De 35 años) ©

Por  fortuna, y para poder vivir para contarlo, amaneció otra vez siendo mi cumpleaños. La mañana pareciera ser como cualquier otra: el sol se mantiene en su lugar de costumbre, el clima de marzo está en sus niveles permisibles y el tráfico es a todas luces absurdo. Los timbrazos del despertador fueron insensibles como acostumbran serlo y mi negativa a madrugar es idéntica a la de cualquier jueves; pero las demostraciones de afecto hacia mi persona, que gratamente no han cesado desde las primeras horas de este mi día, han hecho del mismo, el mejor del incipiente año.  
A partir de muy temprano, e inclusive, desde las postrimerías del día de ayer he recibido demostraciones de afecto, llamadas de felicitación, así como mensajes de amigos y familiares quienes han atiborrado de emoción mis momentos. Todas y cada una de sus muestras de cariño las he de amontonar por lo que me queda de vida y me faltará tiempo para correspondérselas, mientras tanto, mando de regreso (y a manera de reembolso) besos y abrazos al aire para que los alcancen y los hagan suyos para siempre.
Exactamente cumplo la friolera de 35 años, por lo que cae a mi consideración, que me encuentro en la medianía de la expectativa de vida actual y a un lustro del engorroso examen de la próstata. Éstas tres décadas y media han sido tal cúmulo de emociones y experiencias que podría pensarse son propias de un quincuagenario; y no porque físicamente represente esa edad, porque la verdad es que no estoy tan tirado a la calle, sino porque mi andar en este tiempo comenzó con mis primeros pasos y mi constante pasear por la vida ha sido desde que aprendí lo que significa el deleite. Mis gratos recuerdos los atesoro con cariño porque  los  copartícipes de los mismos han llenado mi vida de alegrías, y volteando a mi alrededor, me doy cuenta con agrado que la gran mayoría aún se encuentran por ahí.  Si no llego a cumplir con éxito la segunda mitad del promedio de vida en México, espero por lo menos disfrutar de lo que me resta como lo he hecho hasta ahora: gozando de lo que se atraviesa en mi camino y de los que se encuentran en mi corazón desde que abrí los ojos por primera vez. Ojalá que todavía me quede mucho tiempo, porque la verdad es que estoy muy a gusto en este mundo como para irme de retiro prematuro,  así es que espero escuchar por muchos años “Las Mañanitas” antes de “Las Golondrinas”. Afortunadamente,  gozo de una buena salud, por lo que no creo tener que preocuparme por dejar esta dimensión en estos momentos, y para fortuna de los que ya vemos no tan de lejos los cuarentas, el examen de la próstata ya se realiza solamente extrayendo sangre del brazo y no con los métodos infrahumanos de antaño en salva sea la parte…
Recuerdo que cuando paseaba por la pubertad, el cumplir 25 años lo veía bastante remoto, y es que para los imberbes, la etapa de vagancia e irresponsabilidad era tan hermosa que el siquiera pensar en rebasarla era difícil, por lo que imaginar lo que sería cumplir 35 era prácticamente una blasfemia. Cuando rondaba apenas la mayoría de edad, veía como “señores” a los que vivían los treinta, consideraba como “viejos” a todas las personas que pintaban canas, e inclusive, otorgaba el título de “abuelo” a cualquiera que pasara la cincuentena. Ahora que rebaso el cuarto de siglo, y que cada vez aparecen más canas en mi todavía oscura cabellera, entiendo que de mozalbete decía bastantes estupideces, ya que para viejos los cerros, y para señores, los que están sentados en La Suprema Corte de Justicia.
El tiempo ha pasado volando, y seguramente ha sido así, porque me he divertido horrores desde que aprendí a reír; y aunque la juventud se está convirtiendo en un accesorio difícil de combinar con mi vestimenta, la vejez no es algo que todavía me siente bien. Para alguien que le ha dado vuelo a la hilacha desde la adolescencia sigo estando cercano a lo sano. Las arrugas de la frente cada vez toman peores formas, pero la carrocería sigue estando en condiciones de aguantar grandes premios. Hoy tomo consejos de la edad, pero me sigue sonsacando la juventud, y no obstante que los años ya se quedan en el espejo, de repente sigo viendo al niño que tanto le gustaba vagar y al jovenzuelo que hacía barrabasadas como deporte al afeitarme los cachetes.
Como cada año, comparto mi día con todas las mujeres. La coincidencia es tal vez porque soy su más grande admirador y hoy aprovecho mi dicha para felicitarlas y reiterarles mi eterno afecto y enajenamiento.
Gracias familia y amigos por tanto regalo. Esto que escribí es solamente una manera obscena de corresponderles los agasajos a mi corazón, pero es la forma en que lo sé hacer y va con mi inmortal aprecio.
Alex VC

domingo, 8 de enero de 2012

La Celebración Del Camaleón ©



Su canción Quiksand lo dice textual: “Sólo un mortal con el potencial de un súper hombre”. Frase pretenciosa para cualquier individuo común y corriente, pero adecuada para un individuo como David Bowie.


David Robert Jones, Ziggy Stardust, Aladdin Sane y David Bowie nacieron el 8 de enero de 1947 trayendo como resultado un ser musical único y fuera de todo contexto o explicación. Por más que la historia lo trata de acomodar en algún género musical, su irreverencia hacia lo establecido y su eterna creatividad sonora la hacen desistir irremediablemente. Varios géneros musicales han surgido, y seguirán surgiendo, a partir de sus propuestas; pero es prácticamente imposible tratar de etiquetar en un género a alguien que ha creado sonidos irrepetibles, quien desafió con éxito al mismo Rock &Roll y cuyo legado es del agrado de todo tipo de corrientes musicales alrededor del mundo. 


Pareciera absurdo tratar de comprender todo lo que conforma al artista, parecería más sencillo el solamente conformarnos con disfrutar de su obra; pero en el caso de Bowie, siempre aparece la imperiosa necesidad de saber, de conocer y de sentir más allá de lo que los oídos y la mente parecen percibir. Sus discos, a lo largo de más de cuatro décadas, crearon un mundo a la par del que vivimos. Su creatividad estética plasmó imágenes a la par de nuestra imaginación y sus canciones escribieron historias y personajes a la par de nuestras vidas. 


Brixton hoy es patrimonio musical porque “El Duque Blanco” celebra su onomástico y llegan los aplausos de todas partes para rendirle el homenaje que se merece. Éste día David Bowie cumple 65 años, mismos que le han bastado para cumplir uno de los que pudieran ser sus propósitos en este mundo: crear arte. Generaciones unidas por el gusto de escucharlo, más las que el tiempo añadirá con razón, cantan a coro sus canciones. El reconocimiento es ya parte de la vida de este músico, compositor, personaje, director, actor y hombre de talento incesante, voz potente y ojos de semáforo. No es posible, tal vez por el momento, catalogarlo en un género musical, pero su lugar en la historia de la música, hoy y para la posteridad, es inamovible. 


¿En quién o en qué irá a resurgir esta vez “El Camaleón? Sólo el tiempo lo dirá, ya es una de sus agradables costumbres el saber sorprendernos. ¿Qué género inventará esta vez? Dependerá solamente de su creatividad. ¿Regresará como un hombre, un personaje de su imaginación o una quimera? Tendremos que esperar. Y la duda de siempre, Bowie: ¿habrá vida en Marte?...


Alex VC



miércoles, 30 de noviembre de 2011

George Harrison (La Guitarra Dejó De Llorar) ©











La batería retumba sutilmente y sin necesidad de los altos decibeles para dar inicio a una de las tonadas más reconocidas por la melomanía. Casi de inmediato, y atendiendo afinadamente a la indicación, aparece el sonido inolvidable de una guitarra que resuena a través del tiempo como abriéndose paso en la historia; esa misma guitarra que desde hace exactamente una década suena a añoranza. Unas pulcras líneas de bajo, amenas y contagiadas de ímpetu, crean la reverberación perfecta para que el cuerpo descifre con los oídos y la piel el mensaje melódico. El sintetizador convierte al ambiente en un sitio idóneo para que la lírica se luzca a sus anchas, y por minutos, la mente se entrega por completo a cada uno de los acordes y frases, que en su conjunto, reciben el título de: Something. Ese inigualable vínculo entre las mentes y los sonidos dieron un resultado más allá de la armonía: lograron hacer que la maravillosa inspiración de un hombre se convirtiera en una de las mejores canciones, no sólo de la discografía de Los Beatles, sino de la música contemporánea.
La historia del Rock & Roll es difícil de entenderse sin la presencia de los Beatles y la agrupación inglesa es imposible de comprenderse sin la participación de George Harrison. Aunque el sello “Lennon-McCartney” prevaleció por sobre todas las cosas a lo largo de la historia grupo, las aportaciones de su miembro más joven fueron decisivas para lograr la consolidación de la banda. Canciones como: Taxman, While My Guitar Gently Weeps y Here comes The Sun son sólo ciertos ejemplos del talento y sensibilidad de Harrison y algunas de las tantas innegables contribuciones al éxito global del Cuarteto de Liverpool.
Ya como solista, y con el nombre de George Harrison por encima de cualquier título, logró éxitos como: My Sweet Lord, All Things Must Pass, Give me love (Give me peace on Earth), Got my mind set on you, así como varios temas originales que convirtieron al músico en un ícono con nombre y apellidos propios dentro del Árbol Genealógico del Rock. Su potencial jamás se puso en duda, pero en la autonomía fue cuando mejor se dio de manifiesto. Dicen que el autor es recordado por su obra y el hombre por sus acciones, en ambos casos, Harrison será inolvidable. El “Ex Beatle” siempre fue uno de sus tantos adjetivos y la creatividad y el perfil bajo fueron sus mejores armas para el desarrollo de su música, pero su talento innato fue indiscutiblemente su mayor virtud artística.
Hoy se cumplen diez años de que la guitarra lloró por última vez en sus manos. La vida dejó de ser un inmerecido impedimento para que el brillante compositor se convirtiera en una leyenda y la inmortalidad se convirtió en un vehículo meritorio para el último de sus viajes.
Se fue para siempre el amigo, el músico, el místico, el idealista, la figura pública y el luchador social, pero se queda para siempre George Harrison y su tremenda obra. Hoy, el último “solo” se escucha desvaneciéndose alrededor del mundo, mientras éste sigue su eterno curso tarareando y cantando entre labios: “I don´t know, I don´t know!…”

Alex VC

martes, 1 de noviembre de 2011

Si Hemos De Morirnos, Que Sea De La Risa… ©







Hoy conmemoramos a los que se nos adelantaron con el cariño acostumbrado y con los inigualables festejos que caracterizan a los mexicanos. Las risas se asoman hasta en los panteones porque es mejor recordar a los que se encuentran en el patio de los callados con una sonrisa. Por todos los rincones se escuchan versos mortuorios, canciones lúgubres y corridos sombríos, pero todos con su buena dosis de humor y a ritmo de tambora, banda y mariachi. Por doquier están las comilonas retacadas de sabores, así como los festejos plenos de máscaras y flores de cempasúchil. En nuestra mente se encuentran los que se fueron a visitar a San Pedro y cuando se pudiera pensar que la tristeza debería reinar en las comarcas, el recordar a los que ya no están con alegría es lo primordial en todos los rincones.
Hoy que es Día de los Fieles Difuntos, hacemos una pausa en nuestra vivaracha rutina para homenajear a los que ya entregaron el equipo y nos regalaron recuerdos dignos de compartir y vivencias meritorias de evocar. En mi calaverita, este año no hay versos, pero cuando las palabras salen del alma, la métrica viene siendo lo de menos. No es de ninguna manera solemne porque hasta a los que ya pegaron el estirón tienen derecho a las risas. Tampoco creo que sea irrespetuosa, ya que hay la suficiente confianza con los que se piraron, y porque el hecho de que te secuestre La Dientona no significa que te maten el buen humor. Los que me conocieron antes de felpar saben que mis palabras, aunque estén pintadas de sarcasmo o ensalzadas con picardía, siempre estarán repletas de cariño; y los que no me conocieron, me sabrán entender cuando nos encontremos en el otro barrio.
Es Día de Todos los Santos en México y los que todavía no pelamos gallo aprovechamos la fecha para reírnos un rato de la muerte, y por supuesto, de las deudas y el estrés. La fecha es propicia para mandar al diablo a los problemas mientras probamos un rico ponche, saboreamos unos suculentos tamales o disfrutamos del tequila a discreción. Es momento de vivir con ímpetu las tradiciones que nos hacen ser un pueblo mágico para demostrarle a la mismísima Catrina que, aunque se haya llevado a los nuestros, ellos siguen en el corazón de los vivos. Hoy comienza el penúltimo mes del año con danzas que ayudan a comunicarle nuestro respeto a los que exhalaron el último suspiro, con rituales que nos ayudan a enviarle nuestro cariño a los que duermen el último sueño y con cánticos que llenan de alegría a los que ven el zacate desde abajo.
En los nichos se presumen las pintorescas ofrendas con aquellos platillos que tanto gozaban los que se fueron a tocar el arpa, así como los postres y bebidas que tanto disfrutaron nuestros seres queridos antes de ponerse la pijama de madera. Hay calaveras colgadas de los postes y diablitos tronadores en todas las plazas como para recordarle, en cada esquina, a Doña Macabra que nos sabremos divertir antes de que nos expida la carta de retiro permanente y en cada calle brotan los adornados de tonos avivados como para que los ojos recuerden siempre los naranjas y rosas mexicanos antes de cerrarse para siempre.
Es día de venerar, de festejar y de reflexionar: es momento de atesorar a los que queremos tanto y entender que vida sólo hay una, y aunque no es del todo nuestra, nuestra es la obligación de hacerla inolvidable. Antes de chupar faros, hay que vivir para contarla, antes de estirar la pata hay que saber darle vuelo a la hilacha, antes de colgar los tenis hay que recorrer un grato camino y antes de que nos chupe la bruja es imprescindible dar de que hablar en este mundo. Honoremos a nuestros difuntos siendo buenas personas, hagámosles un vivo homenaje recordándolos más allá de este día y hagámoslos felices disfrutando de la vida hasta el momento en que nos quiten los fusibles. Algún día saldremos con los pies por delante, pero antes de ese hecho irremediable, procuremos hacer de nuestra vida un ameno papalote lleno de color y buenos momentos. Festejemos cada día de nuestras vidas y hagamos que La Parca se muera de la envidia.
Por más que corramos nos ha de alcanzar la insensata calaca, pero si hemos de morirnos pronto, procuremos que sea de la risa…

Alex VC

miércoles, 31 de agosto de 2011

El Parnaso (La Guarida Del Coyote) ©







El hombre es un animal de costumbres, lleno de virtudes y atiborrado de defectos, pero si en algo se distingue dentro del reino animal, es que consigue tropezar con la misma piedra un par de veces y que tiene la maravillosa capacidad de raciocinio; aunque a veces sólo es en contadas ocasiones. Ese llamado raciocinio nos facilita, desde temprana edad, el aprender de lo que nos rodea para utilizarlo a nuestra conveniencia, para ir acumulando información y conocimientos necesarios en la mente y para evolucionar avivadamente; y también está, por supuesto, la parte en donde lo utilizamos como fuente de hacer el mal y para llevar a cabo estupideces al por mayor; sin embargo, siempre habrá tiempo y esperanza de mejorar como especie.
Desde que somos niños identificamos lo que nos gusta y lo que nos desagrada, y, a medida que pasa el tiempo, hay quienes se vuelven afines al estudio, al deporte, al arte, o a los placeres mundanos. Algunos, durante el sinuoso camino formativo, logramos llegar a la etapa adulta haciendo una especie de mezcolanza de todo lo anterior acercándonos un poco al eclecticismo, pero alejándonos bastante de la razón. En mi caso, y desde que llegué a importunar a mi estirpe, he vivido rodeado de historias, asediado de cariño e impulsado para realizar lo que me llamaba la atención. Tuve la fortuna, desde retoño, de disfrutar al máximo de la libertad, así como de las actividades que me llenaban de regocijo y afortunadamente tuve la cariñosa guía de mis mayores para estar siempre cercano a la sensibilidad y alejado lo más posible del libertinaje (detalle en donde a veces les quedo mal).
Llegando la primera década de mi vida desarrollé mi gusto por la música, y cómo no iba a ser, si fui fruto de una generación privilegiada con melodías llegadas del Reino Unido y esa inigualable Ola Inglesa de la que tanto hablaban se seguía escuchando en aquella década de los setentas que se engalanó con mi nacimiento. Cuando alcancé la pendenciera adolescencia, mi progenitor me hizo uno de los mejores regalos que se le pueden hacer a un joven, quien teniendo a Dan Marino y a Ayrton Senna en las paredes de su habitación, tenía a Eric Clapton como el mayor de todos sus ídolos: una guitarra eléctrica preciosa, azul metálico e importada directamente desde la calle de Mesones en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Este instrumento de cuerdas, el cual conservo como una de mis más preciadas pertenencias, ayudó mucho a hacer de la música una coautora de la banda sonora de mi vida.
Casi de la mano de la música, y gracias a otro querido miembro de la familia, comenzó mi historia con la bibliofilia, y es que una cosa iba con la otra: el hermano más joven de mi progenitor (quien ha leído desde que supo hacerlo y ha escuchado música desde que percibió la grabadora del quirófano) y aquí su fiel tecleador solemos departir con gusto, cuando la distancia nos lo permite, y es rara la ocasión en que nuestros encuentros no culminan en horas enteras de pláticas melómanas y discusiones literarias. Este personaje de mi vida, quien me ha instruido en esos alegres menesteres desde que tengo recuerdos juntos, me hizo un inolvidable obsequió que se convertiría en el primer libro que leí en mi vida y en otro de mis grandes tesoros: la novela de “El Guardián Entre El Centeno” de J.D. Sallinger, obtenida directamente en el número 2 de la Calle de Carrillo Puerto, de una casona de fachada de cantera y tezontle en la esquina del Parque Centenario de Coyoacán, de una librería que hasta hace muy poco tiempo, llevó por muchísimos años el nombre de El Parnaso…
Mis recuerdos de este recinto cultual del sur de la ciudad vienen desde que apenas era un niño, y es que cualquiera que ha vivido en las inmediaciones del centro de Coyoacán, suele tener en la memoria las filas de personas hojeando y comprando libros en aquel lugar (cosa que en los últimos años sólo sucedía en las remembranzas), así como los aromas a café y tabaco que emanaban de las tertulias que sucedían alrededor de aquel lugar. Por allá por los impetuosos años ochentas, mientras que México era golpeado por las calamidades políticas, económicas y geológicas, yo siendo apenas un chamaco, recuerdo como si fuera antier la sección de niños del Parnaso, en donde sobraban los libros ilustrativos e interactivos, así como las increpadas corretizas con los demás chiquillos que permanecían en el establecimiento en contra de su deseos.
Ya para cuando llegaron los tempestuosos años noventas, y cuando la adolescencia se impactó violentamente en mi camino, fue cuando comencé a asistir al lugar por voluntad propia. Recuerdo que al salir de la secundaria era divertido ir a la sección de discos, la cual se encontraba en el que los rapaces de aquella época llamábamos “El otro Parnaso”, cruzando la calle de Carrillo Puerto. En ese anexo siempre habían artículos de mucho interés, ya que contaban con una pared repleta de los extintos ‘sencillos’, los cuales, eran valiosos para mi grupo de recientes melómanos ya que, por lo general, estos discos traían versiones en vivo o temas inéditos de nuestros grupos favoritos. Por esos tiempos fue cuando la lectura se cruzó por mi camino, desgraciadamente, el presupuesto que me era asignado lo empleaba en gastos ilógicos y compras bastante absurdas (los jóvenes de aquella época actuábamos como Secretarios de Hacienda) en vez de hacerlo en libros. Los recursos se iban en: discos, golosinas, niñas, guardarropa extraño o alipús, pero para mi fortuna, en la casa de mi padre había una enorme biblioteca en donde cualquier incipiente lector se hubiera quedado anonadado (suena feo pero así era), por lo que el tema de adquirir libros se limitaba sólo a caminar de mi domicilio hacia el de mi ascendiente.
Llegó el nuevo milenio, y con este, mi consolidación con la leída. Todavía estudiante universitario, y como buen animal… de costumbres, inicié la que se convirtió en una de mis favoritas. En mi irreverente etapa adulta logré conjuntar mi gran afición por los libros, con mi terrible devoción de hablar hasta por los codos, con mi alarmante adicción a la cafeína en un lugar que hasta hace poco tiempo era cómplice en la conclusión de mis tardes. Todavía en aquella década el Parnaso era un lugar reluciente, la gente entraba en caravanas hacia la tienda con el afán de encontrar clásicos y novedades del momento, y en una de esas tantas veces que fui parte de esa procesión, fue cuando descubrí el que sería mi escondrijo por excelencia. Un buen día de la prematura época de los dosmiles, salí con un libro recién adquirido del Parnaso y decidí sentarme un momento en la cafetería del lugar para poder hojearlo mientras tomaba la cafeína requerida por el cuerpo. Ese día era uno de tantos que había caminado por aquel sitio rumbo a mi casa, pero se convirtió en el primero de años enteros de muchos gratos recuerdos, muchas pláticas interminables y muchas páginas recorridas. No recuerdo cual fue el primer libro que leí en la cafetería, sería como recordar la primera vez que sonreí, pero recuerdo que no hubo una sola semana, que no estuviera fuera de la ciudad, que no hubiera asistido al lugar para tomar café en honor a mi vicio, platicar con los amigos para deleite del buen humor o leer horas enteras para desgracia de mis extintas posaderas.
Las tardes y noches en el Parnaso eran distintas cada vez: algunas se convertían en un gran momento de introspección en donde leía pensando solamente en lo que las páginas me platicaban, y en los momentos en que encendía el cigarro de ocasión, enseguida llegaban las estupideces que suelen fraguarse en mi mente para luego regresar a mi agradable rutina. Otras veces, se convertían en extensas pláticas que iban y venían de lo sublime a lo ridículo (estas últimas eran las más entretenidas) mientras aprovechábamos los momentos en que la risa nos lo permitía para darle un sorbo al café. Otras veces aprovechaba para estudiar o hacer labores de la escuela o el trabajo, cosa que era un reto porque siempre pasaba alguien conocido por saludar o llegaba alguien con quien platicar. Habían las veces en que me sentaba a escribir disparatadas interrumpiendo mi agradable actividad a cada momento para mirar hacia la fuente de los Coyotes, que no me canso de ver, o admirar el panorama repleto de paseantes que siempre engalanan el ambiente. Otras veces era simplemente para entrar a la librería y recorrer los pasillos echándole un vistazo a las grandes mesas llenas de de libros, así como los estantes de ambos pisos colmados de opciones para leer; y aunque en los últimos años eso cambió de sobremanera, los pretextos como una repentina lluvia para entrar a curiosear no cesaron hasta que el lugar dejó de existir como librería. Las tardes de visitar la cafetería duraron por más de 10 años hasta que un mal día, y sin aviso, cerraron el merendero para siempre y varios coyotes tuvimos que merodear por el centro de Coyoacán buscando, sin éxito, una guarida similar.
No había tarde, desde hace casi año y medio, que no pasara frente al Parnaso con la esperanza de que se hubieran arreglado las cosas y pudiera ver abierta aquella cafetería en donde el aire era más libre que cualquier otro lugar y en donde las mesas abofeteadas por el tiempo tenían una de las mejores vistas de la ciudad. Hace un mes que me encontré las puertas cerradas de la librería y me di cuenta que mi esperanza era, más que nunca, imposible. El lugar en donde adquiría libros desde jovenzuelo y la cafetería en donde hice incontables “horas nalga” se habían convertido en sólo gratos recuerdos para la colección.
En esa esquina en donde tantas veces di la vuelta encontré un espacio para entretener a mi mente cochambrosa y en donde podía olvidarme, por unas horas, de los problemas. En ese sitio repleto de historias tomaba un café que nunca fue exquisito, pero que tenía un sabor y un aroma que nunca pudo irse de mi recuerdo. Por ese lugar ya histórico deambulábamos los mortales: los que vivíamos cerca del lugar y gustábamos de visitarlo, los que venían de lejos pero gozaban del ambiente y lo hacían suyo, y deambularon también los que hicieron historia: Octavio Paz, Gabriel García Márquez, Carlos Monsiváis, Alejandro Aura, y tantos y tantos a quienes los cotidianos leíamos y admirábamos.
En ese lugar asediado por libreros, lectores, paseantes y jugadores de ajedrez, se hacía provechoso el tiempo: ese que pasaba como agua cuando platicábamos o leíamos, ese que en los últimos años se acumuló en las paredes y en el mobiliario, ese al que nunca pudieron contener. En los últimos años el deterioro era evidente y la escases de novedades y visitantes era innegable, pero la costumbre se mantuvo intacta hasta el triste día en que la clausura la detuvo para siempre.
En las contadas ocasiones en que utilicé el raciocinio identifiqué de inmediato al lugar con mi gusto. En esa terraza de toldo verde, que fue la primera en irse, me refugié por muchos años de la lluvia y de las inquietudes y en ese incomodo piso de piedra atranqué mi silla para siempre. A ese lugar cuya escalera para el baño era un reto bajarla, lo frecuenté siempre con agrado, y el peor de mis recuerdos es que nunca tenían Canderel. Ahí conocí gente llena de virtudes y atiborrada de defectos, quienes cada tarde me enseñaron algo nuevo y con quienes conviví en armonía, hasta que llegaban las elocuentes discusiones. En ese lugar en donde se leía y se platicaba también se oía de repente música y canticos tardíos, se escuchaban poemas y mentadas de madre y se percibían las voces de los que hicieron del recinto un lugar para el recuerdo.
El Parnaso soportó los embates del tiempo, de la indolencia y de la falta de lectura en México, pero no pudo con el destino, la avaricia y autoridades que gustan de apoyar al entretenimiento por encima de la cultura. Coyoacán pierde un lugar que promovía el arte y sólo el tiempo nos dirá en lo que se va a convertir. Pasar por ahí alimenta a la melancolía, pero sigue siendo el camino diario hacia la casa de todos ustedes. No saludaré más al poster de John Lennon que tantos años se asomó por la ventana porque ese balcón será ocupado por alguien más y no podré frecuentar el lugar como solía hacerlo porque nunca he sido entusiasta de las puertas atrancadas.
Todavía existen librerías en las inmediaciones de Coyoacán, pero nunca una como lo que fue en algún tiempo el Parnaso. Sobreviven aún algunas cafeterías agradables en donde los coyotes podemos seguir aullando barrabasadas y leer a gusto, pero ninguna con ese ambiente tan enriquecedor y ese aroma a tertulia que sigue percibiéndose en las afueras de la antigua librería.
Hoy escribo tan sólo una epítome de lo que viví en ese lugar, pero tengo que hacerlo del otro lado del Jardín del Centenario. Con un café mejor elaborado y una vista similar trato de hacer un homenaje a la esquina que me seguirá viendo pasar como alguien familiar y en donde logré una relación intrínseca con las páginas que leí y con esas tertulias que se convirtieron en una agradable costumbre. El Parnaso es ahora una agradable historia para contar y uno de esos lugares con los que es difícil volverse a tropezar…

Alex VC